ESCRITURA E INTEMPERIE

EN TUNUNA MERCADO, SERGIO CHEJFEC Y ROBERTO RASCHELLA

 

Gina Alessandra Saraceni – USB

 

 

En América Latina es muy numerosa la literatura sobre viaje, exilio y migraciones: nombres como los de Julio Cortázar, Cristina Peri Rossi, Bryce Echenique, Jesús Díaz, Mempo Giardinelli son representativos de este tipo de ficciones. Al costado de esta literatura más canónica, en la última década han aparecido otro tipo de relatos en los que, la experiencia del desarraigo, no sólo es el tema de la historia narrada sino también es una experiencia de escritura, una condición existencial que, en la medida en que despoja al sujeto de una morada, dejándolo huérfano y a la “intemperie” de sí mismo, lo obliga a escribir su propia historia que es la historia de su escritura cuyo motivo principal finca necesidad es contarse y relatar la inestabilidad de su propia enunciación. Los novelas que constituyen esta literatura son: En estado de memoria (1990) de Tununa Mercado, Lenta biografía (1990) de Sergio Chejfec y Si hubiéramos vivido aquí (1998) de Roberto Raschella. Sus autores comparten una identidad excéntrica e inestable respecto de su lugar de origen, en el sentido de que, si bien se podrían clasificar como argentinos, su vinculación con los respectivos espacios nacionales no es “natural” a causa de sus frecuentes desplazamientos geográficos, culturales y lingüísticos.

Las novelas mencionadas se podrían definir como narrativas de duelo en las que la experiencia del desarraigo – cultural, geográfico, lingüístico – ­produce una experiencia de escritura. Se trata de relatos cuya necesidad es la de contarse a si mismos a partir de la indagación de la pérdida y de la carencia como situaciones que dejan al sujeto a la intemperie. De esto se desprende que “el establecimiento del objeto perdido constituya el lugar inicial de la pulsión de la escritura” (Moreiras, 1999: 394), como también la necesidad, no sólo de contar una historia con el fin de recuperar un pasado que no termina de ocurrir y que inquieta y transtorna el presente, sino de representar la escritura de esa historia, su ensamblaje, su lento hacerse y deshacerse, como construcción de una morada donde lo perdido todavia puede ser, a partir de la palabra que lo nombra y lo restituye como trazo herido, discontinuo, roto, que muestra la imposibilidad de reconstruirse como una totalidad coherente.

Los narradores de estas novelas manifiestan, desde un principio, su necesidad de armar un relato: sobre las desgarraduras que produce el exilio, en el caso del texto de Tununa Mercado; sobre la búsqueda de los orígenes – lengua, memoria – que obsesiona a los hijos de inmigrantes, en el caso de los libros de Sergio Chejfec y de Roberto Raschella. En las tres obras hay un propósito explícito de autoanalizarse, de explorar “los recovecos de una memoria que no se detiene en puntos fijos, que transita por una multidireccionalidad (...) de alternativas no concertadas” (Richard, 1996: 31), y que hurga en “lo que se muestra de soslayo”, en “lo que circula por las estrechuras del recuerdo” (Id.: 34).

El sujeto de esta escritura no busca su historia en lo visible, en lo traslúcido, en lo nítido, sino en esas zonas “más esquivas” e imprecisas de la realidad, en los bordes y las costuras de la memoria donde se puede hallar un signo capaz de cambiar el sentido de una experiencia. “Enfrentar el resto, la ceniza”, para adquirir “el saber de lo interiorizable”, es decir, “el no-saber en el saber”, “el saber de lo carbonizado” que le proporciona “el dolor del descubrimiento” (Moreiras, 1999: 394-395), el hallazgo de que sólo en la cavidad, en la perforación, en los intersticios, en lo que está al costado de la historia, se encuentra la posibilidad de armar un relato.

Ante la desventura de una historia que se niega a ser contada porque no es articulable dentro de un relato con un comienzo y fin; ante la actualidad dramática y estimulante de una experiencia que no termina-de-suceder y cuyas resonancias afectan el presente; ante un desarraigo que niega toda morada posible y todo sentido de pertenencia; ante el sentimiento de “extranjería” que es miedo a la mutilación y despedazamiento del yo, la escritura proporciona un espacio compensatorio desde dónde mirar e interrogar una identidad que se escapa sin cesar de su inestable cauce y que se reconoce sólo en su irreductible ajenidad.

La escritura tiene una vuelta paradójica: resguarda de la pérdida al intentar proporcionar un sentido pero, a la vez, opaca la posibilidad de cualquier sentido pues “desnaturaliza” la experiencia, impide el reconocimiento, la conciliación, la restitución de la armonía. Este es un rasgo común de estos autores y que los diferencia de otros de la literatura latinoamericana contemporánea que trabajan la migración y el viaje. En estos textos hay una constante puesta en cuestión de las relaciones “naturales” entre sujetos, territorios, naciones, lenguas, culturas; y una y otra vez las ficciones romperán cualquier intento o propósito de unidad.

En esta literatura, la escritura transforma el acontecimiento de la pérdida y la condición misma de extranjería “en una suerte de principio activo (...) desde el que interpelar al mundo” (Giordano, 2000: mimeo) y repensarse, no desde el padecimiento y el dolor, sino desde el reconocimiento de una positividad productiva implícita en el mismo desarraigo:

 

(...) si la pérdida, el duelo, la ausencia desencadenan el acto imaginario y lo alimentan sin interrupción en la misma medida en que lo amenazan y lo arruinan, cabe notar también que se trata de negar esa tristeza movilizadora erigida en fetiche para la obra. El artista que se consume de melancolia es, a la vez, el más encarnizado guerrero cuando combate la renuncia simbólica que lo envuelve (Kristeva, 1992:13-14).

 

Hacer existir lo que está dolorosamente fijado más allá de su pérdida, sugerir “ese fondo doloroso al cual ningún significante accede” (Id.: 141), constituyen el motivo de estas escrituras que trabajan sobre las potencialidades del residuo como “lugar de maxima destitución” y, a la vez, como el único espacio capaz de otorgar una morada.

En estado de memoria (1990) de Tununa Mercado es un relato sobre las desgarraduras y las heridas de la identidad; sobre la “provisoriedad total, sin arraigo a los sítios, sin fijación en los objetos” (77) que padece quien vive la experiencia del exilio. La narradora, “personaje de si misma”, es una víctima de la violencia política que la saca – literalmente – de su morada y la expulsa a una errancia que no tendrá fin porque la “extranjería”, se convertirá en su única residencia.

Su relato se enuncia a posteriori de la experiencia vivida en el exterior – primero en Francia y después en México – cuando ya la narradora ha sufrido el desconcierto del regreso, su inconclusión y engaño, su “alto precio” y paradoja a causa de la imposibilidad de recontruir una morada o um lugar en el que pueda reconocerse.

El relato es discontinuo, fragmentario, episódico; es el “estado de memoria” de experiencias interiores, enfermedades y neurosis, pesadillas y obsesiones vividas, antes y/o después de esa “paréntesis del no transcurso” (44) que es el exilio. A partir de la pérdida de un lugar social, profesional y existencial, la narradora explora su psiquis herida y habla desde su propia verdad que rechaza la plenitud y la conformidad a los imperativos sociales, las reverencias a “un marco teórico” que autoriza la escritura, los currícula que legitiman una identidad y otorgan un reconocimiento; reivindica la fuerza paradójica “del desvalimiento”, “de la fragilidad a los hechos de cada día” (15), de “las ráfagas de la memoria”, del resto, del “remanente”, de los despojos de la identidad.

El único deseo que queda intacto ante el desdibujamiento del sujeto exilado y de su (no)lugar en el mundo, ante su inadecuación y extrañamiento, es el de escribir: “Con esfuerzo y luego de una inmersión en mi alma como ante un confesionario, dije que lo que a mí me interesaba era escribir, fundamentalmente escribir”(40); escritura que se desborda de si misma para construir una manera de habitar el mundo y la realidad desde las orillas, nunca desde el centro, desde ese “margen descompensado”, furtivo, errante, que restituye un espacio “otro” – textual – desde donde rearticular las fracturas de la memoria y de la identidad.

A diferencia de la literatura testimonial, de corte documentalista que reflexiona sobre el exílio, la errancia, la violencia, la tortura y que apareció después de la última dictadura en la Argentina, el texto de Mercado publicado años después de la mayoría de esos testimonios – intenta describir y problematizar una experiencia personal de la que no hay retorno: no se vuelve del exilio ni del desgarro de la morada. Frente al horror de los testimonios “reales”, esta novela recurre a un camino lateral, sin referir el dolor y las experiencias concretas de pérdida, sino los indicios mínimos de ese camino sin retorno: el recuerdo de un nombre perdido en la memoria, las actitudes repetidas del conjunto de exilados, las preguntas y los desconciertos frente al nuevo país.

Pareciera que la narradora, después del exilio, hubiese quedado a la deriva no sólo porque carece de morada, sino porque ha perdido la posibilidad de arraigar sus experiencias: no sabe nada, no entiende, queda fuera de las conversaciones, ha perdido toda naturalidad con la experiencia.

Lenta biografía (1990) de Sergio Chejfec es una novela que se construye a partir de una pregunta que teje y sostiene todo el relato: “¿Cómo reconstruir algo que nunca fue entero?” (91). El narrador, hijo de un judío-polaco, emigrado a la Argentina a raíz del exterminio nazi-alemán, se propone escribir la historia de su padre, quien se declara incapaz de hacerlo en castellano, lengua de adopción, que hablaba con “reservas y como si caminara a tientas” (55). Esa historia que se desea contar, nunca llega a conformarse como relato porque el padre la protege de las palabras y sólo la insinúa a través de los gestos, la mirada, el juego de ajedrez, los silencios. El hijo, entonces, tiene que aprender de esa “pedagogía sutil”, hecha de puntos vacíos “que cotidianamente encarnaba su figura austera” (68), a completar y reescribir el pasado de su padre que también es su pasado:

 

Este sentimiento, el de creer que el conocimiento del pasado de mi padre aclara y valida el mío (...) me acompañó siempre (...). Mi pasado era el suyo, y la fractura que para él había significado el urgente vadeo del océano Atlântico amenazado por esa furia metálica (...) que resultó el nazismo alemán, era también mía. Había un pasado virtual y desconocido para mí, que mi padre ocultaba y que al hacerlo ocluía mi origen (125).

 

Este relato sobre un relato que se va armando a partir de asociaciones, suposiciones, intuiciones y que nunca llega a completarse, se alterna con otro que, más allá de la historia que pretende reconstruir – la de los últimos momentos de vida de un perseguido por los nazis – es una reflexión densa y compleja, sutil e insinuante, sobre los mecanismos de la memoria y sobre las infinitas posibilidades de ramificación del relato mismo. Las reuniones que se realizaban los domingos en casa de la familia del narrador, en las que los amigos judíos del padre reconstruían, durante largas horas, su propio pasado europeo y el de personas lejanas y muertas, “hablando ese idioma tan parecido a la masticación”, constituye una lección sobre la virtualidad de toda historia, sobre su indefinición e inexactitud, sobre las múltiples construcciones de un relato.

La pérdida de lo que ya fue, “el sutil pretérito de las cosas muertas” que “siguen vivas, continuando en la memoria” como “manchones desleídos”; ese sutil pretérito “que fue y sigue siendo” a través de pedazos, muñones, hilachas, mutilaciones de recuerdos; el residuo como resistencia a la pérdida y como lugar/no lugar del desarraigado, es el eje de análisis que propongo para estudiar esta novela. Memoria y desarraigo de una estirpe se entrelazan aquí. El tema de recuperar un pasado esquivo se trabaja desde la dificultad – o imposibilidad – de la traducción (de una lengua a otra, de una cultura a otra) y desde la pérdida del pasado que todo ejercicio de la memoria implica. Relatos entrelazados arman, como en el caso de Mercado, un mosaico de historias incompletas que la escritura intenta comprender. Esa operación no tendrá éxito en cuanto a los contenidos recuperados, pero si será la adquisición de una identidad de escritor para el narrador quien, en la perspectiva del narrador Benjamin, recibirá el mandato de escribir lo que está condenado a perderse. Menos que la identidad judía, es la de aquellos que están obligados a migrar y que no se resignan al acto violento que los expulsa de la naturalidad en la que vivían, lo que esta novela refiere y que forma parte de las preocupaciones de la escritura de Chejfec, tal como se puede obsvrcar en otros libros como El llamado de la especie (1995) y Los Planetas (1999).

Si hubiéramos vivido aqui (1998) de Roberto Rasehella es una ficción sobre “el origen”, sobre la “búsqueda del fundamento”, de una patria y una lengua verdaderas, de una palabra capaz de expresar la doble pertenencia a un aquí y un allá, a dos mundos distintos y complementarios que configuran identidades conflictivas y problemáticas. El narrador es un “emigrado antes de nacer”, condenado a ser siempre “un visitante”; hijo de padres italianos emigrados a la Argentina, que parte de Buenos Aires para visitar “el antiguo tronco de familia” en el sur de Italia. La razón de su viaje es buscar la historia del padre recién muerto, “estudiar el orden de la luz, la intimidad del pensamiento en la familia (...) para hallar dos o tres gestos definitivos, álgidos, preciosos de sentido” (56), con el fin – que es también un “deber” – de trascribirlos-escribirlos. Durante su estadia en el pueblo, los parientes, que hasta ese momento habían sido sólo nombres guardados en la memoria infantil, asumen un rostro, se humanizan a través de la revelación de sus miserias, odios, litigios, derrotas, y contribuyen a que el narrador reformule y reescriba su historia: “En el camino encontré las viejas cuestiones, la cuestión del olvido, la cuestión del corazón, la cuestión de emigrar, la cuestión de empacir [‘impazzire’, enloquecer] cada día” (120); de este modo, el viaje hacia ese afuera heredado con la sangre, termina siendo la experiencia de si mismo, el aprendizaje de que “todos, los nacidos aquí y allá [éramos] simples figuraciones del extravio y el engaño humano” (191).

El drama del desarraigo se teje, a lo largo de todo el relato, a partir de la problematización de la lengua que constituye el eje a partir del cual articularé el análisis del este libro. Roberto Rascheila hace una “operación original” – presente desde su primera novela – que consiste en mezclar “el castellano del Río de la Plata con restos vivos del dialecto calabrés. Algunos verbos y nombres, algunos giros sintácticos y una especie de forzamiento de ambas lenguas que se mezclan en una verdadera lengua literaria, salvadas de la mutua incomprensión” (Sarlo, 1998:33). Esta nueva lengua funciona como metonimia del extravio, como lugar donde el residuo, agónico y muribundo se resiste al olvido y al silencio y sigue hablando desde el único destino posible: el de la mezcla y de la doble pertenencia:

 

Tú buscas el fundamento ¿no es cierto? ... Pero tu mente ¿qué hizo con la confusión? ¿Pusiste palabras del dialecto en medio del belo discurso español? ¿Tocaste las entrañas del orden, y en lugar del verbo se te ocurrió implantar un sustantivo, o donde corresponde la o metiste una u, como es nuestra usanza? O has preferido articular el sonido con el pensamiento en las aguas mas inquietas, en el fondo de ti mismo. Forse serás un infierno del vocabulario... Pero no temas el error ... siempre has de saber adónde vas con la pluma (172).

 

Como en el caso de Chejfec, la experiencia de la migración no sólo “afecta” a los que tuvieron que emigrar sino que es una herida que se “hereda”, que toca a toda una estime y que imposibilita el regreso de ese exilio.

A partir de los aspectos apenas destacados para cada novela se podría proponer que la única forma de emprender el retorno a casa después de una experiencia de desarraigo y exilio es a través de la escritura, pero una escritura que condense las idas y las vueltas, las alternativas y las violencias que la expulsión de la morada significan. Así, la escritura se vuelve el espacio donde ensayar la experiencia de la pérdida y de la recuperación y que, en cuanto ensayo, es borrador de la experiencia e intento de expresarla y problematizarla. La obra de estos autores, “menor” respecto de las validaciones de la literatura contemporánea, recupera un espacio y un valor para la escritura que se vuelve central en las formas de relatar las experiencias de los sujetos errantes de nuestra contemporaneidad.

 

 

Referências Bibliográficas:

 

CHEJFEC, Sergio (1990): Lenta biografía, Buenos Aires, Editorial Puntosur.

KRISTEVA, Julia (1991): Extranjeros para nosotros mismos, Plaza y Janés Editores.

GIORDANO, Alberto (2000): “El tiempo del exilio”, manuscrito.

MERCADO, Tununa (1992): En estado de memoria, Buenos Aires, Alción Editora.

MOREIRAS, Alberto (1999): “La traza teórica en Tununa Mercado” en Tercer espacio: literatura y duelo en América Latina, Santiago, Universidad Arcis, pp.389-397.

MOREIRAS, Alberto .Tercer espacio: literatura y duelo en América Latina, Santiago de Chile, Universidad Arcis.

RASCHELLA, Roberto (1998): Si hubiéramos vivido aquí, Buenos Aires, Losada.

SARLO, Beatriz (1995): “Experiencia y lenguaje”. II en Punto de Vista, nº51, pp.5-6.

SARLO, Beatriz.(1997): “Anomalías” en Punto de Vista, año XX, Nº57, abril.

SARLO, Beatriz. (1998): “Lugar de origen” en: Punto de Vista, nº 62, pp.33-36.